16.3.16

El panorama electoral a menos de un mes

Alfredo Stecher

El mundo lamentablemente se está acostumbrando a situaciones impresentables, con las elecciones en Estados Unidos llevándose las palmas, expresión de una sociedad en parte muy enferma. Ninguno de sus dos grandes partidos es una maravilla, pero el Republicano está batiendo récord en mala conducta, cosecha de sus largos años de políticas destructivas, con sus candidatos más aventajados en primarias o asambleas electorales (caucus) por estados: Donald Trump, el provocador e irresponsable multibillonario showman y peligroso demagogo, y Ted Cruz, el evangélico extremista contrario a todo avance en políticas sociales, líder del boicot en el Congreso de casi todas las iniciativas del presidente Obama (el más decente y visionario en mucho tiempo). Ambos llevarían a Estados Unidos a perder en lo económico y, lo que es más importante para nosotros, en su tembloroso pero valioso liderazgo mundial favorable a democracias, paz y lucha contra el cambio climático. Como a muchos analistas, me parecía imposible que Trump ganara la nominación y aún más imposible, que ganara la elección –ahora ya no estoy tan seguro. Y eso a pesar de haber en el lado demócrata dos pesos pesados, con Hillary Clinton claramente la más preparada y confiable, pero que suscita muchas resistencias por representar al establishment, a la élite política que gran parte del electorado considera causante de grandes males. Curiosamente Trump, parte del establishment en su vertiente económica, aparece como adalid contra este. Bernie Sanders, hace décadas gobernador del pequeño estado de Vermont, fronterizo con Canadá en el Noreste, auto declarado socialista, merece mucho respeto por su señalamiento de graves problemas y planteamiento de algunas soluciones, pero su posición de rechazo a los tratados de libre comercio, en la que coincide nuestra izquierda, dañaría mucho su economía y la nuestra, además del lastre de su falta de experiencia de gestión gubernamental.
Para no quedarnos atrás, nuestro Congreso se ha preocupado por diseñar una normativa electoral quizá bien intencionada, pero enmarañada e incumplible, y el Jurado Nacional de Elecciones, por aplicarla discrecionalmente, al parecer para favorecer la alicaída candidatura de García – en extraño maridaje con Flores-, de modo que el APRA (y, de paso, el PPC) logre al menos superar la valla del 5% de los votos para la mantención de la inscripción. Y tenemos una carta de reserva, una aunque no muy probable, de todos modos posible e igualmente impresentable victoria del fujimorismo, más por lo que representa en cuanto a un pasado ominoso que por la candidata, seguramente bastante menos dañina que su padre (y todavía mentor). Es un muy preocupante indicador del atraso de nuestra sociedad que ella predomine ampliamente en los sectores económicos D y E, pero también, por un lado, de un realismo oportunista que, pensando en muchos casos que todos los políticos son igual de malos y rateros, valoran lo que han logrado y pueden lograr de positivo por políticas populistas y clientelistas; por otro lado, capaces de obviar el fuerte machismo en sus filas, un síntoma positivo. Es esperanzadora la elevada intención de voto en contra.
Está claro que es inaceptable que fallas administrativas, por lo demás comunes a casi todos los partidos (pero afeitadas por los más avispados), puedan privar al electorado del derecho constitucional de expresar su opción política – lo que correspondería serían sanciones de otro tipo. Si el JNE fuera coherentemente tan legalista e irresponsable, nos quedaríamos sin candidatos y sin elecciones, algo que suele suceder bajo dictaduras que buscan pretextos para perpetuarse o en el marco de una guerra civil, pero inconcebible en un país con varias décadas de democracia, solo muy empañada, pero tampoco eliminada del todo, por el fujimorato.
Lamento el silencio de otros candidatos y aplaudo la protesta de Verónika Mendoza. Pero, ya que no queda más que aceptar diversas fallas de las personas que uno prefiere, mantengo mi posición de apoyar a PPK, que, aunque de poca habilidad para conducir su campaña, ofrece la mayor probabilidad de un gobierno sin sobresaltos, realista, que mantenga la estabilidad económica y política y ataque con firmeza algunos problemas claves, en especial la seguridad ciudadana y de las actividades económicas, así como una inversión pública productiva, y mejore la educación, la salud pública y el funcionamiento del aparato estatal. Sabrá manejar bien la espinosa relación con las necesarias pero poco responsables grandes empresas. Lamento su poco compromiso con el ambiente, pero confío en que se dejará asesorar en este como otros puntos por personas y equipos calificados. A falta de un político comprobadamente destacado e íntegro, la mejor opción es un tecnócrata con esas características, uno de los casos donde el mal menor es lo mejor posible.
Aspiro y debemos todos aspirar a mucho más, pero en este momento me conformo con que no retrocedamos como país por políticas y gestión erradas, porque ningún otro candidato logrará, aunque lo quiera, algo significativamente mejor, sí algo peor, y la mayoría algo mucho peor.

Pero ahora, lo que más necesitamos, es librarnos de sobresaltos que impidan seguir desarrollando y tratar de aglutinar en una alternativa poderosa y de largo aliento, bajo la forma de un partido o frente estable de partidos, que podríamos calificar de centroizquierda, a las muchas fuerzas positivas que han ido emergiendo en casi todos los campos de nuestra realidad, en todas las regiones, desde la sociedad civil y en el propio Estado.